Omraam Mikhaël Aïvanhov
La fe que mueve montañas
El lector comprenderá mejor ciertos aspectos de los textos del Maestro Omraam Mikhaël Aïvanhov presentados en este volumen, si tiene en cuenta que se trata de una enseñanza estrictamente oral.

1.- LA FE, LA ESPERANZA Y EL AMOR ………………………………………………………………………..
LA FE MUEVE MONTAÑAS. EL GRANO DE MOSTAZA…………………………………………..
FE Y CREENCIA ……………………………………………………………………………………………………..
CIENCIA Y RELIGIÓN……………………………………………………………………………………………..-
LA FE SIEMPRE PRECEDE AL SABER…………………………………………………………………….
– REENCONTRAR EL SABER ESCONDIDO ……………………………………………………………….
NUESTRA FILIACIÓN DIVINA………………………………………………………………………………..
DIOS, LA VIDA………………………………………………………………………………………………………
DIOS EN LA CREACIÓN ………………………………………………………………………………………..
RABOTA, VREME, VERA. EL TRABAJO, EL TIEMPO, LA FE……………………………….
1.- LA FE, LA ESPERANZA Y EL AMOR
Actualmente, cuando se pregunta a alguien:
«¿Tiene usted fe?», ello significa: «¿Cree usted en Dios?»
En efecto, la palabra «fe» ha terminado por pertenecer casi exclusivamente al ámbito de la religión. Fe y religión están incluso tan íntimamente ligadas, que tenemos tendencia a asimilar la religión a la fe; dejamos un poco de lado las otras dos virtudes: la esperanza y el amor que junto con la fe representan las tres virtudes llamadas «teologales», es decir que tienen a Dios por objeto. Así pues, para comprender mejor lo que es la fe, hay que empezar por situarla entre estas otras dos virtudes que son la esperanza y el amor. Así es cómo san Pablo, en su primera epístola a Los Corintios, escribió: «Ahora pues subsisten estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad.»
Pero no os sorprendáis si substituyo la palabra «caridad» por la palabra «amor».
¿Por qué?
Ahora, la palabra «Caridad» ha perdido el sentido de amor espiritual que se le había otorgado en el origen del cristianismo, para oponerlo a este impulso desordenado, pasional, al cual los hombres llaman «amor»; esta palabra se usa solamente para designar el sentimiento altruista que empuja a ciertas personas a ayudar a los más necesitados. Por esto yo utilizo más bien la palabra amor.
La fe, la esperanza y el amor…
Si preguntáis a la gente qué representan para ellos estas palabras, ciertamente la mayoría se encogerá de hombros. Quizá algunos recuerden que en su infancia habían oído hablar de estas tres virtudes en la iglesia, pero todo esto ya está muy lejos y no les dice gran cosa. En realidad, sean quienes sean, y cualquiera que fuere su grado de evolución o su educación, todos los humanos creen, esperan y aman. Pero si sus creencias, sus esperanzas y sus amores les aportan tantas decepciones, es porque no saben a quién ni a donde orientarlas y, sin duda, ignoran incluso lo que significa creer en Dios, esperar en Él y amarle.
Un ejemplo de estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor, nos es dado por Jesús en este episodio del Evangelio en donde el diablo viene a tentarle.
Ya os he explicado en diversas ocasiones, el sentido profundo de estas tres tentaciones,1 pero todavía se pueden deducir muchas aclaraciones.
«Entonces, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.»
Jesús respondió: «Está escrito: no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.»
Entonces el diablo le llevó consigo a la ciudad santa, le puso sobre el alero del templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará y en sus manos te llevarán, Para que no tropiece tu pie en piedra alguna. Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios.
El diablo todavía le llevó consigo a un monte muy alto, y mostrándole todos los reinos del mundo y su gloria, le dijo: Todo esto te daré, si postrándote me adoras.
Dícele entonces Jesús: Apártate Satanás, porque está escrito:
Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto.»
Entonces el diablo le dejó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le sirvieron.»
Estudiando atentamente las tres propuestas que el diablo hizo a Jesús, descubrimos que conciernen a los tres planos físico, astral (los sentimientos, los deseos) y mental (los pensamientos). Jesús tiene hambre y el diablo le sugiere que transforme las piedras del desierto en panes.
El pan es el símbolo del alimento y, en un sentido más amplio, representa todo lo que nos permite asegurar nuestra existencia en el plano físico. Más tarde se dice que el diablo transportó a Jesús a la ciudad santa, Jerusalén, para situarlo en lo alto del templo, y allí le sugirió que se tirase abajo.Para ser más persuasivo, para mostrarle que nada debía temer, que Dios le protegería, el diablo llega incluso a citar el Salmo 91: «A sus Ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna.»
El templo es un símbolo de la religión, por consiguiente del corazón.
El diablo intenta persuadir a Jesús de que el hijo de Dios puede siempre contar con la protección celestial, haga lo que haga, porque su Padre le ama y porque él ama a su Padre.
Finalmente, el diablo lleva a Jesús a la cima de una alta montaña y le promete todos los reinos de la Tierra si acepta postrarse delante de él. La alta montaña representa la cabeza, el plano mental, el intelecto. Así pues, el intelecto es esta facultad que empuja al ser humano a creerse el dueño del mundo hasta llegar incluso a desafiar al Señor.
Este orgullo insensato que hizo sublevar a una parte de los ángeles contra Dios, es lo que el diablo intenta despertar en Jesús. Pero en cada una de las tentaciones que el diablo le presenta, Jesús resiste porque ha aprendido a dominar su cuerpo físico, (al alimento material, le opone los alimentos espirituales), su cuerpo astral (no quiere en vano poner a prueba el amor de Dios), y su cuerpo mental (rehúsa igualarse al Señor, quiere seguir siendo su servidor).
Es muy importante comprender el sentido de estas tres tentaciones a las que Jesús fue sometido, porque también nosotros tenemos que afrontarlas cada día en nuestra vida cotidiana; y si queremos progresar interiormente, debemos empezar por ver claro este tema. La prueba, ¿os habéis fijado en qué lugar del Evangelio se sitúa este episodio? Al principio, Jesús acaba de ser bautizado por Juan Bautista en el Jordán, y todavía no ha elegido a sus primeros discípulos ni ha empezado a transmitir su enseñanza. Aquel que quiera ponerse al servicio del Señor debe, en primer lugar, solventar la cuestión de estas tres tentaciones.
Diréis que si el Creador nos ha dado un cuerpo físico, un corazón y un intelecto, es preciso que les suministremos el alimento que precisan. Naturalmente, es indispensable. Pero hay alimentos y alimentos, de la misma forma que hay distintas maneras de buscarlos. Y precisamente necesitamos de la esperanza, de la fe y del amor, para que nos guíen en la elección y la búsqueda de estos alimentos, puesto que la esperanza está unida al cuerpo físico, la fe al corazón o cuerpo astral, y el amor al intelecto o cuerpo mental. El pan, comprendido de una forma muy amplia, es pues el símbolo de todo aquello que nos permite asegurar nuestra existencia en el plano físico.
Así pues, ¿qué hace aquel que no pone su esperanza en el Señor? Tiembla por su seguridad material, y sólo tiene una idea en su cabeza: arreglar sus asuntos, amontonar reservas, acumular ganancias. No sólo se deja acaparar por las preocupaciones más prosaicas, sino que se ve empujado a mostrarse injusto y deshonesto hacia los demás, no siente ningún escrúpulo en perjudicarles, pisotearles, de este modo se cierra a todos los alimentos espirituales. Esperar en Dios, es liberarse del miedo al mañana: ¿tendremos algo con que alimentarnos, algo para vestirnos, dónde alojarnos?
En el Sermón de la montaña, Jesús nos previene contra este miedo al mañana: «No os preocupéis del mañana porque el mañana se ocupará de sí mismo. A cada día le basta su pena.» Si la esperanza está unida al cuerpo físico, la fe, está unida al corazón. El corazón, ¡he ahí el templo donde Dios habita!
Cuando Jesús respondió al diablo: «Está escrito: no tentarás al Señor, afirmaba su fe en el Señor que vive dentro de él, y rehusaba ponerlo a prueba. Porque la fe no consiste en precipitarse al vacío con la convicción de que Dios enviará ángeles para amortiguar nuestra caída. Aquel que imagina que Dios protege a los insensatos que se exponen voluntariamente a los peligros, está sencillamente persuadido de creencias ilusorias. Pues bien, si los humanos acumulan precisamente tantas decepciones en sus vidas, si encuentran tantos fracasos en lugar de éxitos esperados, es que confunden fe y creencia. En fin, la tercera tentación, que concierne a la cabeza, sólo puede ser vencida por el amor.
El diablo transportó a Jesús sobre una alta montaña. La cabeza representa en nosotros la cima de la montaña. Aquel que se ha elevado hasta la cima, posee la sabiduría, la autoridad, el poder. Pero la historia lo ha mostrado: en el momento en que un hombre llega al poder, difícilmente resiste todas las posibilidades que percibe instaladas frente a él: el dinero, el placer, la gloria, cree que a partir de ahora todo le está permitido. ¡Cuántos hombres muy notables terminaron por sucumbir, víctimas de su propio orgullo! Sólo el amor hacia el Ser de todos los seres puede salvarnos de estos peligros. Todas nuestras facultades, todos nuestros dones, provienen de Él, y si le amamos sinceramente, profundamente, este amor es el que nos preservará del orgullo. La esperanza, la fe y el amor, son pues las únicas fuerzas que nos permitirán atravesar la existencia en las mejores condiciones físicas, psíquicas y espirituales. Esperar en Dios, nos preserva de las angustias de la vida material. Tener fe en Él, nos priva de las ilusiones. Finalmente, amarle nos permite alcanzar la cima y mantenemos en ella sin riesgo de caída.
Estudiad la vida de los seres que poseen la fe, la esperanza y el amor, observad cómo trabajan, cómo se refuerzan, cómo se embellecen y se vuelven más vivos, cómo consiguen afrontar las dificultades, superar las pruebas, cómo encuentran en cada una de ellas la ocasión para enriquecerse. Estas tres virtudes os aparecen como lejanas, extrañas, porque las consideráis de forma muy abstracta, no sentís que constituyen los tres pilares de vuestra vida psíquica. Para ayudaros a comprender, a sentir su importancia, os daré un ejercicio para hacer.
Si la fe, la esperanza y el amor son llamadas virtudes «teologales», es porque gracias a ellas podemos entrar en relación con Dios.
Sólo que los humanos tienden, también aquí, a considerar a Dios como una abstracción.
Cuando no lo imaginan como un anciano con una gran barba blanca, ocupado en anotar sus buenas acciones, y sobretodo sus malas acciones para recompensarles y castigarles, la mayoría no saben muy bien cómo representárselo. Y sin embargo, yo no he cesado de explicároslo; la mejor imagen de Dios, es el sol distribuidor de vida, de luz y de calor.
Sólo la vida, la luz y el calor del sol pueden damos una idea de lo que son el poder, la sabiduría y el amor de Dios.2 Nos corresponde ahora a nosotros entrar en relación con este poder, esta sabiduría y este amor divinos.
Y ¿cómo podemos hacerlo? Mediante la esperanza, la fe y el amor. Es a través de nuestra esperanza, de nuestra fe y de nuestro amor que podemos alcanzar la quintaesencia de la Divinidad que es Sabiduría, Poder, Amor.
Os mostraré un ejercicio. Recitáis lentamente la siguiente oración, concentrándoos en cada una de sus palabras: «Señor, amo tu sabiduría, tengo fe en tu amor, confío en tu poder.»
Por nuestro amor, entramos en comunicación con la sabiduría divina, por nuestra fe, entramos en comunicación con el amor divino; y con nuestra esperanza, entramos en comunicación con el poder divino.
Estas son nociones muy simples pero que precisan algunas explicaciones. «Señor, amo tu sabiduría.» La sabiduría tiene afinidades con el frío, y el amor con el calor. Nuestro corazón tiene mucho calor, mucho ímpetu, mucho entusiasmo, pero siente que es ignorante, que carece de discernimiento, de medida, lo cual le expone a cometer numerosos errores y a sufrir. Así pues, debe amar y buscar lo que le falta y necesita: la sabiduría. «Creo en tu amor…»
No tenemos necesidad de amar el amor, pero tenemos necesidad de creer en él.
El niño cree en el amor de su madre, y es por eso que se siente seguro junto a ella.
El amor y la fe están unidos. Si creéis en alguien, os amará; amadle y creerá en vosotros.
Y puesto que el amor del Creador es el fundamento del universo, es en él, y sólo en él, que podemos tener una confianza absoluta. Nuestra fe en los seres y en las cosas no descansa sobre bases estables si primero no hemos puesto nuestra fe en el amor divino.
«Confío en tu poder…»
¡Cuántas veces oímos decir que la esperanza hace vivir! Cada principio de año, todo el mundo intercambia deseos esperando que este nuevo año sea mejor que el precedente y aporte soluciones a todos los problemas.
Sólo que, ¿sobre qué fundan sus esperanzas los humanos? Sobre el dinero, sobre las armas… sobre seres débiles, inestables.
Por eso sus esperanzas siempre se frustran.
En realidad, sólo podemos contar con la verdadera fuerza, la verdadera estabilidad: la omnipotencia divina y observad ahora cómo esta oración establece lazos con el mundo divino. Cuando decís:
«Señor, amo tu sabiduría», vuestro amor y la sabiduría divina entran en relación, y Dios os otorga la posibilidad de ser más sabios a causa de vuestro amor. Cuando decís: «Señor, creo en tu amor», vuestra fe atrae el amor de Dios, y Dios os ama porque creéis en Él. Cuando decís. «Señor, confío en tu poder», vuestra esperanza apela al poder de Dios que empieza a protegeros debido a vuestra esperanza.
La esperanza, la fe y el amor corresponden respectivamente a la forma, al contenido y al sentido. La esperanza está unida a la forma (el cuerpo físico), la fe al contenido (el corazón) y el amor al sentido (el intelecto).
La forma es la que prepara y preserva el contenido. El contenido aporta la fuerza, y la fuerza no tiene razón de ser si no posee un sentido. Cuando el ser humano se siente decepcionado por los acontecimientos y las insatisfacciones de su suerte, tiende a proyectarse hacia el futuro: «pronto, dentro de unos días, dentro de unos meses… mejorará.» Sin duda alguna, la esperanza es lo último que abandonamos, pero mientras esperamos la llegada de días mejores, tenemos necesidad de encontrar dónde apoyarnos para resistir. Así pues, para resistir, no sólo es necesario tener fe, sino también mantener la vida en uno mismo, recibir un calor, un impulso, y gracias al amor guardamos este impulso. De lo contrario, la esperanza puede no ser más que una fuga frente a la realidad, y entonces ella también, un día, nos abandona. Para no perder jamás la esperanza, es preciso mantener en uno mismo la fe y el amor, y frente a cada dificultad que se presente, pedirles socorro. Ahora bien, generalmente los humanos hacen exactamente lo contrario.
A la mínima decepción, al mínimo obstáculo, cierran su corazón, pierden la fe y la esperanza también les abandona… ¡salvo la esperanza del desquite, y mediante métodos que no son siempre recomendables! Pero esto no les perturba: encuentran toda clase de argumentos para justificar su actitud hostil y vengativa. ¿Cómo hacerles comprender que las dificultades son por el contrario, vencidas por la fe, la esperanza y el amor? Sí, las dificultades nos son dadas precisamente para desarrollar estas tres virtudes, pero a condición de que Dios sea el objeto de esta fe, de esta esperanza y de este amor. Estas tres virtudes pueden compararse a los tres lados de un prisma de cristal, y la presencia divina es como el rayo de sol que cae sobre este prisma y se descompone en siete colores. En una de las conferencias titulada «Las tres grandes fuerzas», el Maestro Peter Deunov decía: «Los humanos se desalientan muy fácilmente, y para justificarse culpan a las condiciones en las que viven. No, la causa profunda de sus desalientos no está en las condiciones exteriores, está en la poca esperanza, en la poca fe y en el poco amor que poseen. Para andar firmemente por el camino de la vida, deberían reforzar en ellos mismos los tres manantiales de la fe,
¿Dónde se encuentran esos manantiales? En el cerebro. Sí, en nuestro cerebro poseemos tres centros que son los conductores de la fe, de la esperanza y del amor, pues la fe, la esperanza y el amor son tres fuerzas cósmicas.» Todas nuestras capacidades, todas nuestras virtudes tienen su sede en el cerebro. Y puesto que la fe, la esperanza y el amor son las virtudes que nos unen directamente a Dios, tienen su sede en la parte superior de la cabeza: en la cima está el amor; un poco más adelante, y a ambos lados de la cabeza, está la fe; un poco para atrás, y también a ambos lados de la cabeza, la esperanza.
El Maestro Peter Deunov también decía: «Es preciso que el hombre interiormente lleve estos tres vestidos: la esperanza que es el vestido humano, la fe que es el vestido angélico, y el amor que es el vestido divino. Llamo santo a todo hombre que lleve los tres vestidos de la esperanza, la fe y el amor…» y aún dijo: «La esperanza resuelve la cuestión de un día, la fe resuelve la cuestión de siglos, y el amor es la fuerza que abraza la eternidad.» ¿Por qué el Maestro dice que la esperanza resuelve la cuestión de un día? Esto enlaza con el pasaje del Evangelio que os citaba anteriormente, cuando Jesús decía: «No os preocupéis por el mañana, el mañana se ocupará de sí mismo. A cada día le basta su pena.» Veis, todo se sostiene. La fe, la esperanza y el amor… ¿Cuántos de nuestros contemporáneos recurren a estas virtudes para resolver los problemas de su vida cotidiana? Confían en el progreso de las ciencias y de las técnicas, en los seguros, en los tribunales, etc… pero la fe, la esperanza y el amor, ¡pfff! sirvieron en el pasado, en la Edad Media… ellos, sin embargo, son hombres y mujeres modernos. De acuerdo, pero ya verán… podrán comprobar si las ciencias, las técnicas, los seguros, les permiten resolver todos los problemas y les darán la felicidad. No digo que debamos regresar al pasado y rechazar todas las innovaciones. Si el Espíritu universal que dirige la evolución de las criaturas, ha permitido que la humanidad tome esta dirección, es porque cree necesarias estas experiencias y considera que la humanidad debe pasar por ellas. Cuando haya vivido estas experiencias, regresará hacia el Creador, más sensata, enriquecida por todas estas nuevas adquisiciones. El hombre creado «a imagen de Dios» debe desarrollarse en todas las direcciones para poder parecérsele un día. Para conseguido, es preciso que su fe, su esperanza y su amor sean puestos a prueba en la materia con sus trampas y seducciones. Aquel que vive según la fe, la esperanza y el amor, vive según las leyes universales. Con la fe, la esperanza y el amor construiréis vuestra existencia. Apelad a estas fuerzas cósmicas en vosotros y pedidles su ayuda, hacedlas vuestras consejeras, puesto que es así como llegaréis a ser verdaderamente útiles a vosotros mismos y al mundo entero.
LA FE MUEVE MONTAÑAS. EL GRANO DE MOSTAZA
Cuando vemos que alguien se lanza en un proyecto con convicción, entusiasmo y tenacidad, solemos decir: «tiene una fe capaz de transportar montañas.» Los que utilizan esta expresión quizás hayan olvidado, o incluso alguno nunca lo haya sabido, que tiene su origen en los Evangelios. Un día en que Jesús reprochaba a sus discípulos su incredulidad, les dijo. «Si tuvierais la fe de un grano de mostaza, diríais a esta montaña: Desplázate de aquí a allá, y se desplazaría.» Pero ¿cómo podemos interpretar estas palabras? Había una vez una vieja aldeana que estaba molesta porque una pequeña colina le impedía la vista del lugar. Cada mañana, cuando abría sus postigos, no podía dejar de echar pestes contra esta colina. Ya anciana y casi impedida, no podía guardar como antes su rebaño de vacas en el prado; si esta desdichada montaña no estuviera ahí, podría por lo menos ver a sus vacas desde su ventana. Pues he ahí que un domingo por la mañana, en misa, el cura comentó largamente en su sermón el versículo siguiente: «Si tuvierais la fe de un grano de mostaza, diríais a esta montaña… » Muy contenta, se dijo para sí misma que finalmente había encontrado la solución. Por la noche, al cerrar sus ventanas, hizo una corta oración y luego se dirigió con tono firma a la colina: «Mañana, cuando me despierte, no quiero verte más aquí, ¿me oyes?» Después se acostó tranquilamente. Al día siguiente, al despertarse, fue rápidamente a abrir sus postigos: la colina no se había movido. Después de manifestar su decepción, terminó refunfuñando: «Pero no me extraña, ya me lo suponía.» Evidentemente, esta vieja mujer tenía razón en dudar, puesto que jamás nadie ha podido transportar una montaña, y Jesús nunca nos ha pedido cambiar las montañas de sitio. Hay que comprender simbólicamente esta imagen. La prueba de que es simbólica, es que Jesús mismo jamás se ocupó de desplazar montañas, y nadie tiene el derecho de hacerlo. De hecho, ¿por qué habría que hacerlo? ¿ Y qué sucedería si tuviéramos que medir la fe de los humanos con su poder en transportar montañas? ¡Qué trastornos en el relieve, en los climas! Los ríos, los lagos cambiarían también de sitio, y todo lo que esto conllevaría. Hay pues que dejar tranquilas a las montañas: allí donde están tienen su misión a cumplir. Pensáis: pero entonces, ¿por qué Jesús habló así? Incluso en otro pasaje de los Evangelios, dice a sus discípulos: «Si tenéis fe y no vaciláis, cuando diréis a esta montaña: Quítate de ahí y arrójate al mar, así se hará.» ¿Cómo comprender este pasaje si Jesús no explicó nada? Acordaros de que al final de su Evangelio, san Juan revela que si se tuviera que relatar con detalle todo lo que Jesús dijo e hizo, el mundo no podría contener los libros que se escribirían… Incluso aunque esto sea exagerado, demuestra que los Evangelios están lejos de ser completos: no dan más que el esqueleto de la enseñanza de Jesús, y es a nosotros a quienes, bajo la luz de la Ciencia Iniciática, nos corresponde poner la carne sobre este esqueleto. Así pues, puesto que no se trata de montañas físicas, ¿de qué montañas habla Jesús? De nuestras montañas interiores, psíquicas… Si, todos los obstáculos, todas las dificultades que hemos dejado acumular en nosotros, he ahí las montañas que obstruyen nuestro camino y nos impiden avanzar. Diréis: «De acuerdo, hemos comprendido: esta imagen de la montaña pertenece al plano psíquico. Pero, ¿acaso nuestra fe, aunque sea muy potente, bastará para desplazar de una sola vez una montaña de dificultades y de problemas acumulados, desde encarnaciones y encarnaciones pasadas?»! ¿ y quién os habla de desplazarlas de una sola vez? Si supierais interpretar la imagen del grano de mostaza, comprenderíais que Jesús no dice esto. Trasladémonos a otro pasaje de los Evangelios dónde Jesús también habla del grano de mostaza
«El Reino de Dios es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece, es mayor que las hortalizas y llega a ser un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen a habitar en sus ramas.» El grano de mostaza es minúsculo, si pero, ¿qué se hace con una semilla? La sembramos y una vez en tierra, germina, crece… lo que es importante en esta imagen de la semilla de mostaza utilizada por Jesús, es que se trata de una semilla, y que una semilla está hecha para ser sembrada. Una vez puesta en tierra, no permanece inactiva: si está sana y es de buena calidad, germina y se convierte en un árbol. Pero no de golpe: requiere tiempo. Aquellos que leen la parábola de Jesús se sienten sorprendidos, sobretodo, por la desproporción que existe entre la altura de la montaña y la de la semilla, porque una montaña es enorme y un grano de mostaza es minúsculo, y puesto que se detienen ahí, no pueden interpretar correctamente esta parábola. Para interpretarla correctamente, es preciso, en primer lugar, reflexionar sobre la naturaleza y las propiedades de la semilla. Si el hombre cuya fe tuviera solamente el grosor de un grano de mostaza, pudiera un día transportar montañas, es porque este grano, una vez sembrado en su corazón, en su alma, crece y se desarrolla. Cuando se convierte en un árbol, los pájaros del cielo, es decir, todas las entidades luminosas del mundo invisible vienen a habitarle. Y estas entidades no llegan con las manos vacías, traen regalos del Cielo: la sabiduría, el amor, la pureza, la paz, la fuerza… y gracias a estos regalos, el hombre adquiere, poco a poco, el poder de transportar las montañas. Para un cristiano es esencial comprender lo que quería decir Jesús cuando hablaba de esta fe capaz de transportar las montañas. Si no, nos contentamos con repetir palabras que han sido vaciadas de sentido. Como también lo fueron las palabras del Sermón de la montaña: «Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.» * El ser humano es tan débil, tan vacilante. ¿Cómo podrá desplazar una montaña? Y teniendo tantas lagunas, tantos defectos, ¿cómo conseguirá la perfección de su padre Celestial? No es posible. Y entonces, por incomprensión, por negligencia, por pereza, si, sobretodo por pereza, dejamos de lado la quintaesencia de la enseñanza de Cristo.2 ¡Es tanto más fácil insistir sobre las debilidades y las imperfecciones humanas imaginando así, según dicen, dar pruebas de lucidez, de razón, de modestia! Pero Jesús no tenía esta modestia, tenía las más altas ambiciones para el ser humano creado a imagen de Dios: si el ser humano lo desea, si hace esfuerzos, un día conseguirá la perfección de su padre Celestial. Y si tiene fe, conseguirá mover montañas, es decir, que todos los poderes le serán dados, pero en primer lugar poderes sobre sí mismo. La fe es pues comparable a una semilla que hay que sembrar, pero evidentemente, no se trata de cualquier semilla. Esta semilla que se convertirá en un árbol en el cual los pájaros del cielo vendrán a anidar, no es tan fácil de reconocer; y por el contrario, ¡es muy fácil confundirla con las semillas de toda clase de creencias y de supersticiones! He aquí porqué los cristianos todavía no han transportado muchas montañas. Así pues, lo primero que hay que hacer, es aprender a reconocer esta semilla que es la fe.
– FE Y CREENCIA En cierta ocasión, un cura cuyos feligreses eran en su mayor parte ricos, les dijo: «Hermanos, como podéis ver, nuestra iglesia es vieja y necesita ser restaurada; pero como ello cuesta mucho dinero, deberíamos pensar qué podemos hacer…» Los feligreses contestaron al unísono, que rogarían a Dios para que les ayudara a encontrar el dinero necesario. «¿Cómo? -dijo el cura indignado-, sois multimillonarios y, ¿queréis molestar al Señor para obtener una suma de dinero que os es tan fácil de conseguir por vosotros mismos?» Pues bien, esto es a lo que muchos creyentes llaman fe: reclaman la intervención divina para arreglar sus asuntos, cuando ellos podrían desenvolverse muy bien solos si se decidieran a hacer lo que es preciso. Cuando los humanos son un poco altruistas, rezan por la paz en el mundo, para que haya menos desgraciados… Pero sobre todo, cuentan con el Señor para asegurar su bienestar, su comodidad, su seguridad. Alguien va de vacaciones, y al cerrar la puerta de su casa recita mentalmente una oración: «Señor, guarda mi casa.» Pero he aquí que a la vuelta, descubre que la casa ha sido «visitada». Entonces se enfurece y se pregunta porqué el Señor no se quedó allí, fiel en su sitio vigilando. Pues sí, el Señor es un portero, debe vigilar la casa mientras que él, «el dueño», se pasea… Diréis: «¿Pero acaso la oración no es una expresión de nuestra fe?.. ¿No hay que rezar?..» Sí, hay que rezar. Pero rezar no consiste en dirigir reclamaciones al Señor3 El Señor nos ha dado todos los medios materiales y espirituales para cubrir nuestras necesidades, e incluso las de los demás, y la oración sólo nos debe servir para elevamos a fin de encontrar estos métodos. Hace ya tiempo que Dios hizo su «trabajo», si se puede decir así; no es Él quien ahora debe procurarnos lo que nos falta, nos corresponde a nosotros buscarlo. ¿De qué sirve rogarle que nos dé salud o el afecto de los demás, si seguimos llevando una vida que nos enferma o nos vuelve antipáticos? Y ¿de qué sirve rezar por la paz si continuamos transportando en nosotros mismos verdaderos campos de batalla?.. Es cierto que la oración es una manifestación de la fe, pero la fe debe ser comprendida como esta fuerza que empuja al hombre a ir más allá, a superarse. Sólo que hay una fe inspirada por el esfuerzo, la actividad, y una fe inspirada por la pereza. ¡Cuánta gente llama fe a lo que en realidad no es más que una creencia o incluso una ofuscación! Para justificar sus torpezas, sus errores, sus fracasos, alguien os dice: «Ah, pero yo creía que…» Pues si, creía, creía, pero creer sólo ha servido para extraviarle. Y lo más grave, es que este «creyente» seguirá creyendo… y perdiéndose. ¿Hasta cuando? Hasta que aprenda a sustituir sus creencias por la fe, la verdadera fe, la que está fundada en un saber. Instintivamente sentimos la diferencia entre creencia y fe puesto que llegamos a decir: «Yo creo» cuando expresamos una incertidumbre. Cuando decimos: «Creo que vendrá mañana», en realidad no estamos muy seguros de ello, es una creencia. Y la pregunta: «¿Creéis que…?» significa que exploramos un terreno desconocido. Trabajar sobre lo conocido, o sea, sobre un terreno donde hemos adquirido una larga experiencia gracias a un trabajo pacientemente realizado, esto es verdaderamente la fe. Tomemos un ejemplo muy sencillo. Un jardinero posee diferentes semillas: las siembra y puede decir, sin temor a equivocarse, que aquí aparecerán lechugas, allá rábanos, etc. Y esto puede verificarse puesto que se trata de un saber fundado en el estudio y la experiencia. Así pues, en sus creencias, muchas personas son como el jardinero que espera cosechar sin haber sembrado nada, o que siembra semillas de zanahorias pensando que verá crecer puerros. Esperan cosas irrealizables porque no poseen ni sabiduría ni experiencia. Sólo podemos recolectar lo que hemos sembrado. Entonces sí, podemos tener fe. Ved como, de nuevo, volvemos a encontrar esta imagen de la semilla utilizada por Jesús en la parábola del grano de mostaza.
No hay pues que hacerse ilusiones. Si encontramos fracasos en lugar de los éxitos esperados, es que no hemos sembrado nada, o no hemos sabido sembrar las buenas semillas. Esto puede comprobarse en todos los ámbitos, incluso en el de la religión. Muchos dicen ser creyentes, espiritualistas, pero cuando vemos en qué condiciones se debaten, uno se pregunta qué han comprendido. ¿Cómo podemos ayudarles? Sería un progreso si pudieran admitir que se equivocan, que todavía no saben lo que es verdaderamente la fe. En lugar de esto, se indignarán, replicarán con viveza diciéndoos a qué religión pertenecen, en lo que creen; enumeraran las oraciones que recitan, las ceremonias a las que asisten, etc… ¿cómo podéis dudar de su fe? He aquí gente desgraciada, enferma, murmuradora, celosa, agriada; envenenan su vida y la de su alrededor, pero ¡tienen fe! Pues bien, estos ignorantes no saben que la fe y el éxito van juntos, y por «éxito» entiendo la victoria sobre las dificultades y los obstáculos interiores. No conocen, o han olvidado la parábola de Jesús sobre el grano de mostaza: no sólo no han transportado montañas, sino que han sido sepultados debajo de ellas. Lo que llaman fe, no son, en realidad, más que creencias o convicciones personales. Ahora bien, a menudo las convicciones no son más fundadas que las creencias. Naturalmente, las convicciones son una fuerza debido a la energía que desprenden. El que está convencido, emite unas ondas que lo arrastran todo a su paso, al igual que el torbellino de viento se lleva las hojas muertas. Por eso, a menudo, son los insensatos quienes imponen sus convicciones a los demás, ya que, como se suele decir, «no dudan de nada.» Pero, ¿a dónde les llevará esta actitud? No se lo preguntan. No hay pues que confundir fe y creencia. Desgraciadamente, la mayoría de los que pretenden tener fe, hacen esta confusión: sí, puesto que podemos tener creencias, e incluso creencias religiosas, y no tener verdaderamente fe. Tener fe es saber elegir las semillas y sembrarlas en uno mismo: entonces veremos crecer árboles magníficos, y sobre esos árboles cogeremos frutos deliciosos. Si no cosechamos nada, o solamente cardos y espinas, quiere decir que todavía no nos hemos convertido en un buen sembrador, en un verdadero creyente.4 Para diferenciar bien entre fe y creencia, necesitamos criterios. El primer criterio de la fe, es que mejora al ser humano, lo vuelve más estable, más armonioso, más preocupado por los demás… Y éste es un proceso que debe ir ampliándose como el árbol de la parábola que no cesa de crecer, de tal modo que los pájaros del cielo -es decir, las virtudes, las entidades luminosasvienen a habitar en sus ramas. El Cielo no exige de los humanos que sean perfectos, sino que trabajen para su perfeccionamiento. Un día cada uno debe decirse: «Ahora he comprendido, siembro semillas en mi alma (pensamientos y sentimientos de luz, el amor por un alto ideal), y velaré por ellas sin cesar, las animaré, las regaré, las alimentaré con lo mejor de todo cuanto poseo. Sé que el universo está regido por leyes, y una de estas leyes es que toda semilla acaba dando frutos.» He aquí verdaderamente lo que es la fe. Así, sea cual fuere vuestra religión, el cristianismo, el Islam, el judaísmo, el hinduismo, etc.,.. mientras no comprendáis esta ley, y mientras no la apliquéis, no poseéis la fe sino solamente unas creencias que no os pueden llevar muy lejos. Mejor dicho si, pueden llevaros muy lejos, pero hacia la pereza, el fracaso, la rebelión, etc… La creencia es ineficaz porque es algo que viene del exterior o de la periferia de nuestro ser, y en cualquier momento, frente a la realidad, se pulveriza. Por el contrario, la fe viene de dentro, del centro, y es de ahí de dónde obtiene su eficacia. Es también un error imaginarse que la fe es propia de la gente ignorante, ingenua o incluso un poco retrasada, y que estamos en una etapa de la fe que mueve montañas la evolución humana en la que debemos abandonar creencias llamadas irracionales la evolución humana en la que debemos abandonar creencias llamadas irracionales. Al contrario, la fe está fundada en el conocimiento de las leyes; así pues, ¿existe ciencia más grande que la de las leyes?
Tener fe es construir su existencia sobre bases sólidas porque conocemos las leyes. Quien tiene fe, siente que avanza por un camino bien trazado. Este camino lo ha escogido él mismo, y es él quien decide tomarlo porque ha verificado la ley de causas y efectos. Y mientras está ocupado en construir algo sólido, bello, no tiene tiempo de ocuparse en estupideces que se cuentan o que se hacen a su alrededor: su atención está concentrada en el trabajo que ha emprendido. Y si ciertas dificultades sobrevienen en su vida, los resultados ya obtenidos por este trabajo le refuerzan y le ayudan a superarlas.
¡Hay tanta gente turbada! No están seguros de nada, ven peligros por todas partes porque tienen la sensación de ser arrojados a la existencia como en un engranaje del que desconocen sus mecanismos. Lo que ocurre, es que no saben trabajar con las leyes, y no pueden por tanto despejar el camino para asegurar su futuro. Ahora bien, no podemos construir nuestro futuro con un presente detestable, puesto que no existe una ruptura entre los dos. Mientras no hayamos aprendido a sostener el presente sobre unas bases estables, evidentemente podemos temer cualquier cosa del futuro. ¿Cómo no tener miedo si no sabemos a dónde vamos, si no tenemos ninguna certeza, si estamos en la oscuridad? La oscuridad es la causa de todos los miedos, allí todo parece amenazante. La vida humana puede ser comparada con la travesía de un bosque o la ascensión de una alta montaña. ¡Cuántos esfuerzos, cuántos peligros a afrontar para llegar a la meta! Y si atravesamos este bosque o escalamos esta montaña en la oscuridad, existe el peligro de perdemos, de ser atacados por animales salvajes, de caer en emboscadas, de caer al fondo de un precipicio, etc… En las tinieblas, no sólo estamos verdaderamente expuestos a los peligros, sino que lo más peligroso todavía, es el miedo que nosotros mismos nos creamos por no saber cómo interpretar los ruidos y las formas imprecisas que vemos agitarse. Así no podemos confiar en nada, y vivimos en la duda y en la angustia persuadiéndonos de que algo malo está siempre a punto de suceder. Y puesto que creer es abrir una puerta en nosotros mismos, tener miedo es potenciar aquello que tememos, es prepararle las condiciones para que nos dañe. He ahí lo que simbólicamente es la vida de los humanos que no poseen la luz de la fe, la verdadera fe que es en realidad el verdadero saber, un saber que nos acompaña como una luz, que nos da la seguridad y la paz. Aunque debamos incluso pasar pruebas, cuando sabemos cómo son las cosas, podemos caminar tranquilamente, llenos de esperanza en el futuro. Es así cómo aparece la relación entre la fe y la esperanza, es decir entre el presente y el futuro. He ahí todavía una luz proyectada sobre las palabras de Jesús: «No os preocupéis por el mañana, puesto que el mañana se ocupará de sí mismo, a cada día le basta su pena.» Así pues, cumplid hoy con vuestro deber sabiendo que es la única cosa buena que debéis hacer, esto es suficiente, no debéis preocuparos por el mañana: puesto que el mañana está necesariamente unido al día anterior, – también él será ordenado, armonioso. También aquí es como si sembrarais una semilla que dará frutos. ¡Cuánto se equivocan quienes opinan que es imposible conocer los criterios de la fe!
tienen más que observar, observar los acontecimientos de su vida psíquica, así como los de su vida física o social. Cada vez que se encuentran frente a un camino sin salida, es que no han sabido dónde situar su fe. Pero Dios mío, ¿acaso es tan difícil comprender que una causa siempre produce las consecuencias que le corresponden, y que si queremos encontrar explicaciones a los acontecimientos, y a todo lo que nos sucede, hay que buscar siempre la respuesta en las causas? He ahí el criterio de la fe. Hasta aquí nos contentamos con chapotear en las creencias. Pues si, ¡creemos que por haber puesto la sartén al fuego con aceite, nos va a llegar el pez coleando cuándo todavía está en el mar! No es así, y hay que desembarazarse de estas creencias ilusorias porque no pueden traernos más que desilusiones. La creencia es el producto de deseos personales o de juegos del intelecto y que, por lo tanto, conduce fatalmente a la duda, a la inquietud, a la sospecha. Por el contrario, la fe es una certeza absoluta que conduce siempre a un resultado positivo. La verdadera fe, está pues fundada sobre un saber adquirido por la experiencia. Pero el ser humano, por naturaleza, se deja llevar más por la creencia que por el saber, porque la creencia es espontánea, instintiva, mientras que el saber exige estudio, reflexión, experiencia. La creencia, pues, precede siempre al saber. Desde el momento en que sabemos algo, salimos del terreno de la creencia. Pero entonces la creencia se traslada hacia un objeto un poco más lejano, hasta el momento en que, aquí también, el saber vendrá a reemplazarla. El saber es como la línea del horizonte: cuanto más os acercáis a ella, más se aleja, pero así es como progresáis sin cesar. En principio, quizá os resultará difícil distinguir claramente la creencia de la fe ya que el límite que las separa está mal definido; se funden la una en la otra, de la misma forma que lo físico se funde, poco a poco, en lo psíquico, sin que podamos asegurar dónde termina uno y dónde empieza el otro. Sus fronteras no son más precisas que las de los colores del espectro: el rojo, por ejemplo, no es el naranja, y sin embargo no sabemos exactamente dónde se encuentra el límite entre ambos. Asimismo, a pesar de que la fe sea diferente de la creencia, está íntimamente unida a ella. Para vivir tenemos necesidad de apoyamos en determinadas creencias, son como soportes para nuestra vida afectiva e intelectual. Sin estos soportes, la existencia no es posible, sería como avanzar entre arenas movedizas. Tanto internamente como externamente, necesitamos creer que tenemos algo sólido bajo los pies. Es por ello por lo que siempre es útil creer en cosas buenas, puesto que aunque uno se haga ciertas ilusiones, esto ayuda a mantenerse en disposiciones constructivas. Lo esencial es llegar a ser consciente, esforzarse en reemplazar estas creencias borrosas por conocimientos verdaderos y no poseer, a los cuarenta años, la misma inseguridad que a los veinte. Podemos incluso decir que la fe es un trabajo sobre las creencias, y aquel que no está decidido a hacer este trabajo, a menudo se convierte en víctima de supersticiones. Puesto que creencias y supersticiones ambas van juntas. Ya que el ser humano siempre tiene necesidad de creer en algo, quienes no han comprendido lo que es realmente la fe, se aferran a todo tipo de nimiedades: tal objeto les trae suerte, tal número o tal día de la semana les resulta beneficioso y tal otro perjudicial, el encuentro con tal o cual persona es interpretado como un buen o mal augurio, etc… No niego que pueda darse un significado a los objetos, a los números, a los días, a los encuentros, pero esto jamás substituirá una fe fundada en las grandes leyes que rigen nuestra vida psíquica y espiritual. ¿Queréis que os defina la superstición? Ser supersticioso es pensar que podremos cosechar allá dónde no hemos sembrado. La verdadera fe, por el contrario, es esperar que después de haber sembrado, recolectaremos, en esta vida o bien en otra, o también a través de nuestros hijos. sembráis buenas semillas en un terreno fértil y en una época favorable, germinan y crecen. Quizás se malogren algunas semillas, pero la mayoría crecerán y darán frutos. Cuántos hombres y mujeres que nunca han trabajado en el terreno intelectual, afectivo o psíquico, esperan cosechar, y cuando constatan sus fracasos, se revelan contra la injusticia. ¿Pero de quién es la culpa? Aquellos que siembran y plantan, no se sienten jamás decepcionados. Cuando se posee la verdadera fe, no nos sentimos decepcionados. Los que se decepcionan, son los que esperan cosechar imposibles. Y puesto que tener fe es hacer crecer semillas, éstas un día nos alimentaran, a diferencia de la creencia que finalmente, nos deja hambrientos. La creencia se puede comparar con la hipnosis. Si hipnotizáis a alguien, podéis persuadirle, por ejemplo, de que está comiendo una buena cena. Al retomar en sí mismo, podrá detallaros incluso el menú, y se sentirá satisfecho por todo lo que ha probado; sin embargo, su estómago estará vacío, y de seguir con este régimen, periclitará. Pues bien, así es cómo las creencias inducen a error a la mayoría de personas, mientras que la fe les hace saborear frutos reales cada día, frutos nutritivos que son el resultado de su trabajo. Los seres que se contentan con creencias, interiormente seguirán siendo pobres, débiles, vacilantes, aunque físicamente sean muy vigorosos. La creencia no alimenta. Sólo la fe alimenta, y para llegar a la fe, hay que estudiar, experimentar, hacer esfuerzos. Si en la antigüedad la Iniciación estaba reservada a ciertos seres, no era tanto por los secretos revelados que otros no debían conocer, como por el hecho de poseer cualidades que les permitía realizar algo con estas revelaciones. Las verdades espirituales sólo enriquecen a aquel que tiene un intelecto para comprenderlas, un corazón para desearlas, y sobre todo una voluntad para empezar el trabajo y perseverar. A los demás, no les aportan nada, incluso pueden ser perjudiciales. Si reducimos la religión a unos artículos de fe independientes de la experiencia y de los actos que debieran acompañarles, ésto conseguirá separar la religión de la fe, y de este modo, sólo quedarán creencias que no salvarán a nadie. Los perezosos jamás son salvados. Sin trabajo, sin esfuerzo, sin experimentación, ¿qué resultado cabe esperar? Mientras los creyentes vayan repitiendo fórmulas, gestos, ritos ininteligibles, su fe no trasladará las montañas, no hará ningún milagro. Y cuando hablo de milagro, no me refiero ni de curar enfermos, ni de resucitar muertos, sino de transformarse a sí mismo, de resucitarse a sí mismo. Ya es tiempo de aprender a no confundir más la realidad de la fe con la ilusión de la creencia. Si vuestra salud mejora, si vuestro pensamiento se ilumina, si vuestra fuerza aumenta, si vuestro amor se agranda, es que os alimentáis de fe. En cuanto a las creencias con las que imagináis que os alimentáis, se parecen a esas golosinas que se venden en las ferias. ¿Conocéis estos dulces llamados «barba de papá», que tienen la consistencia del algodón y con los que los niños se divierten. Pues no sólo no les alimentan, sino que además les estropean los dientes. Así es cómo mucha gente absorbe creencias, toneladas de sueños, de promesas en las que no hay nada sólido: azúcar y algodón… Creen, creen, no cesan de creer y los resultados que obtienen son totalmente opuestos a los que esperaban. ¿Creer? Pero no hay que creer más, ¡hay que saber! La fe es la condensación de un saber inmemorial. Allí dónde no conocemos, no hay fe. Así pues, estudiad, reforzaros, trabajad cada día con las virtudes divinas: el amor, la sabiduría, la verdad, la bondad, la justicia6 puesto que son semillas que sembraréis en vuestro camino, y al final de este camino, os espera la plenitud de la vida, la resurrección.
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About Emisaria Amor
Exorcista y Terapeuta Esenia
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